Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Cuando firmé aquel recibo y recibà aquel paquete, me arruiné yo mismo... Un abogado sinvergüenza de Washington me dijo que podrÃa recobrar mi dinero, y me arrebató doscientos cincuenta dólares más.
—¡Por Dios, Logan! Sabes que yo me oponÃa a ese viaje —dijo Holbert, malhumorado.
—¡Todo ha concluido...! ¡Todo ha concluido para mÃ! —dijo Logan, que habÃa visto de modo perfecto el modo cómo sus amigos le examinaban el rostro.
—Bueno, eso es lo que ahora supones —replicó prudentemente Al Doyle mientras movÃa la gris cabeza—; pero un vaquero que haya trabajado en el Tonto por espacio de treinta años adquiere hábitos que no pueden morir de la noche a la mañana.
—¿Cómo están las mujeres de mi casa? —preguntó Huett.
—Lucinda está sorprendentemente entera y fuerte. DebÃa de haber supuesto lo que iba a suceder. Pero he oÃdo que Bárbara está muy afectada.
—¡Ah! —gruñó Huett; y carraspeó y se dispuso a abandonar el andén.
Doyle y Holbert caminaron junto a él calle arriba.
—Logan, ¿qué piensas respecto a las circunstancias —preguntó Holbert—.