Una Mujer indomable

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No podía soportar el estar allí en aquel momento; y se dirigió a la cocina, donde luchó contra el temor y la duda. ¿Estaría ella loca al pretender llevar a aquellas dos ruinas de nuevo a la soledad del desfiladero? Sería posible que la enfermedad, el accidente, la soledad, la obsesión de Bárbara de vagar de un lado vara otro fuesen más difíciles de combatir en en el desfiladero que en la ciudad. En la ciudad Lucinda podría llamar a otras mujeres para que la ayudasen, o al doctor. A pesar de las súplicas de la razón, que apoyaba sus temores, se entregó a su primera intuición. Si aún restaban algunas esperanzas de salvar a Bárbara y Logan y de criar al niño, tales esperanzas se cumplirían en el Desfiladero del Sicómoro. El trabajo no asustaba a Lucinda. ¡Bien sabía que las mayores cargan recaían sobre la esposa del colonizador, sobre la madre! Una voz extraña y sutil desvanecía sus recelos. Y con un resurgir de la esperanza que se alojaba en su corazón, puso manos a la tarea de prepararse para la marcha.

A la mañana siguiente, con dos carros, salieron de Flag. Aún no había amanecido. Solamente el viejo Al Doyle, el fiel amigo, los despidió. Sus últimas palabras fueron —y éstas fueron las últimas que le oyeron pronunciar:

—Otra vez estás, viejo amigo, en el camino que conduce al desfiladero y a los bosques. Eso es bueno. ¡Adiós!


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