Una Mujer indomable

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¡Qué dolorosas emociones asaltaron a Lucinda cuando pasó junto al claro en que vio a Bárbara por primera vez jugando con los chiquillos! A partir de aquel momento, las lágrimas le cegaron. Los carros llegaron al punto en que nacía la pendiente en descenso. El viejo portillo no había sido cerrado desde que es hizo la conducción de las reses. Logan emitió una tos larga y extraña, que más bien semejó un sollozo. Y continuó avanzando mientras frenaba el carro. Las ruedas chirriaron, el pesado carro empujó a los caballos. Y entonces llegaron al terreno llano.

—¡Lo mismo que siempre, Luce...! ¡Exactamente lo mismo! —exclamó Logan roncamente—. Sólo hemos cambiado nosotros.

Lucinda se enjugó los ojos para poder ver al bajar del carro.

—Llévanos a la cabaña, Logan —dijo—. Y extiende una manta para Bárbara y el niño... ¿Qué he de decir al tronquista que haga de la carga?

—Descargarla..., creo que ahí, junto al granero —respondió Logan—.

¡S000!

El negro llegó cuando Lucinda estaba mirando en torno a sí. El granero había sido destrozado, lo que probó la prudencia de los consejos de Doyle cuando recomendó que se adquiriese un nuevo juego de herramientas.


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