Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Lucinda indicó al conductor que descargase los utensilios de agricultura y los llevase al granero, y que luego regresase para ayudar a transportar los muebles a la cabaña.
Cuando lo hubo hecho, Lucinda volvió a la senda profunda y gastada.
Los pies le parecían de plomo. Sentía una opresión en el pecho y en la garganta. La alegría que había previsto no se produjo. Pero Lucinda sabía que algo rompería la barrera que la contenía.
El arroyo estaba lleno de agua del deshielo, de orilla a orilla. El viejo puente, el tronco tendido sobre él, estaba lo mismo que antiguamente. Y entonces vio Lucinda a Logan, que había detenido el carro y estaba contemplando la inacabada cerca de piedra. Una mirada a su torturado rostro fue suficiente para la mujer. La misma piedra que Lucinda recordaba haber visto colocar al pie de la cerca continuaba en el mismo sitio, muda pero elocuentemente cuajada de recuerdos de los tres hijos que habían ayudado a construir el muro a Logan y que no pudieron terminarlo porque se fueron a la guerra.