Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Logan continuó caminando hacia la cabaña. Lucinda, que se rezagó un poco, en lucha contra su angustia, llegó a la larga hilera de girasoles. Las plantas estaban florecidas, tenían unas hojas grandes y doradas y unas flores en el centro, y miraban en dirección al sol. A la vista de ellas, la alegría de la vuelta al hogar inundó todo su ser. Lucinda acarició las plantas y las apretó contra su pecho. Luego encontró otras flores menudas y amarillas y unos ásteres a lo largo de la senda. Y entonces miró por primera vez hacia el desfiladero. Los altos muros, las negras ruinas, todo parecía ofrecerle una protección. ¡Hogar! Aquellas cosas le aseguraron que así era y le hicieron una grave y austera promesa del porvenir.
Lucinda halló al niño rodando y arrastrándose bajo la manta. Bárbara, exaltada a la vista de escenarios y objetos familiares, que debían haber llegado casi hasta su razón, estaba corriendo alrededor de la cabaña, entrando en ella y saliendo. Logan se hallaba en el interior.