Una Mujer indomable

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Lucinda caminó bajo los pinos, a lo largo del arroyo; pero no se alejó mucho. Entre los árboles caídos, entre los macizos de salvia podría ocultarse uno de los animales que inquietaban a Logan. La joven miró hacia atrás para ver si Logan había arrojado nueva leña al fuego. Logan se hallaba junto a la hoguera. Su figura alta, fuerte, oscura, armonizaba perfectamente con el escenario que lo rodeaba. Parecía haber en éste un algo crudo y áspero, y, sin embargo, atrayente. Las llamas iluminaban el delicado encaje que formaban las ramas de los pinos. Las chispas ascendían en dirección al cielo. El gran carro negro se erguía de modo fantasmal. La negrura siempre deprimía a Lucinda, pero el blancor la atemorizaba. Logan continuaba en pie en el mismo lugar y con las manos extendidas... Era un tipo espléndido, pensó ella. Lucinda podría poner el amor, que por el joven había sentido en el hombre ya hecho, puesto que Logan había adquirido una madurez superior a la que por su edad podía esperarse. Cuando se hallaba en reposo, en su rostro se dibujaban unas líneas austeras, severas. Había sufrido dolores, penalidades, si no amarguras. Los temores de Lucinda respecto a Logan se disiparon como las columnas de humo que se perdían entre la oscuridad. Sentía vagos temores con relación a aquel Oeste, y sabía que tales temores se multiplicarían y aumentarían; mas comprendió en aquel instante que jamás volvería a experimentar temor alguno a causa de Logan Huett. Costase lo que le costase, Lucinda respondería alegremente a la llamada, a la petición de Logan de una compañera; y ella intentaría serlo, tan valiosa como le fuese posible conseguirlo.


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