Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Lucinda regresó junto al fuego y se calentó las manos acercándolas a las llamas. ¡Cuán rápidamente la habÃa enfriado el viento!
—Nunca supe lo agradable que puede ser un fuego —dijo riendo.
—¡Ja! Has dicho muchÃsimo... —Y luego la condujo a un asiento, formado por un tronco cercano. Se quitó la pipa de la boca, la golpeó para quitarle las cenizas, y prosiguió—: Lucinda, soy hombre de pocas palabras —el resplandor de la hoguera bailaba en su rostro, moreno y fuerte, y en la gris claridad de sus ojos—. SÃ, no hay duda de que hablaré hasta hacerte rodar la cabeza, de ganados y pastos, de osos y de pumas, de indios y todo lo que sea salvaje...
Pero me referÃa a... a las cosas más profundas..., a las Ãntimas..., a las que están aquÃ... —y se golpeó el ancho pecho—. Las tengo aquÃ, pero son muy difÃciles de decir... De todos modos, las palabras no podrÃan servir para expresar el modo como te agradezco que hayas abandonado a tu familia, a tus amistades, tus comodidades de la civilización para venir a estos bravÃos terrenos de Arizona... para ser mi esposa..., ¡mi compañera! Es casi demasiado bueno para que pueda ser cierto... Y te quiero más por ello...