Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Reconozco que fui egoísta al hacerte venir en busca mía... Pero espero que me perdonarás cuando veas mi rancho..., nuestro rancho..., el trabajo que ha de hacerse... antes de la llegada del invierno que se aproxima con rapidez... Eres solamente una chiquilla, Lucinda... ¡Dieciocho años! Y me avergüenzo al pensar lo que habrás tenido que luchar... antes de aceptar...
Pero nada temas, querida, te enseñaré tus deberes domésticos, lo haré con la misma rapidez con que te he convertido en mi esposa. Todo llegará en su momento, Lucinda, cuando comprendas que me conoces tal y como soy ahora, cuando me quieras y desees venir a mí... Eso es todo, chiquilla, Ahora, despidámonos con un beso, y vete a tu lecho de nuestro barco de las praderas.
Lucinda cumplió lo que se le pedía tranquila y consolada; no había supuesto que pudiera estarlo tanto sino hasta después de una larga prueba.
Y miró hacia el exterior para ver a Logan entre la luz vacilante de las llanuras. Luego se metió entre las cálidas mantas de lana. Qué maravilloso era hallarse allí! ¡Cuán extraño! No habría cambiado aquel lecho, con el techo de lona en el que danzaban unas sombras fantásticas, por el palacio de una princesa. Pero el viento se lamentaba entre los pinos..., se lamentaba de la terrible soledad, de la inmensidad, de la rudeza del Oeste.