Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra El bayo se arrimó al agua, que tocó con cauteloso hocico, y apurado por la sed bebió a sorbos interrumpidos, sin apartar de mí su ojo vivaz. Era un buen pingo arisco aún y lleno de desconfiadas cosquillas. Lo miré con orgullo de dueño y de domador, pues estaba seguro de que pronto sería un chuzo envidiable. Los tragos pasaban con regularidad de pulso por su garguero. Levantó la cabeza, se enjuagó la boca, aflojando los belfos al paso de su larga lengua rosada. De pronto se quedó estirado de atención, las orejas rígidas, [116] esperando la repetición de algún ruido lejano.
-Comadreja -dije bajo, llamándolo por su nombre.
El bayo se volvió hacía mí, resopló como inquieto y comenzó a mordisquear la fina gramilla ribereña. Tranquilizado comió glotonamente, recogiendo entre sus labios movedizos los bocados, que luego arrancaba haciendo crujir los pequeños tallos.
Mi vista cayó sobre el río, cuya corriente apenas perceptible hacía cerca mío un hoyuelo, como la risa en la mejilla tersa de un niño.
Así, evoqué un recuerdo que parecía perdido en la aburrida bruma de mi infancia.