Don Segundo Sombra

Don Segundo Sombra

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A la mañana había yo ayudado a limpiar y adornar el galpón de esquila, que quedó emperifollado como una iglesia y mientras volvía, que era para la oración, prometíame una buena noche de parranda como no se presenta en muchas ocasiones. Además, allí, en un puesto medio perdido en los juncales de un bajo, había conocido una mocita con más coqueterías que un jilguero. No sería mal arrimar un poquito de leña a ese fuego.

Entretanto, mi bayo iba pisando con desconfianza entre matas de paja colorada y esparto. A mis espaldas quedaba la laguna cubierta por la bruma de un griterío confuso y ya tímido. Entré a una calle del monte. Los troncos vibraban aún de luz. Me encontré de improviso con otro jinete ante cuya semblanza mis ojos dudaron un momento.

-¿Sos vos Pedro?

-Barrales de apelativo. Yo mesmo soy. He sabido que andabas por acá y he venido a toparte sólo pa que me contés de tu vida. [123]

-Y es claro que vos no más habías sido. Con razón cuanto te vide las viruelas me dije: Esa es cara con hocico.


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