Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra Frente a casa, camino a la fonda donde iba a comer, don Segundo se separó de mÃ, dándome la mano. Adiviné que aquello se debÃa a mi aviso de que se cuidase al salir de «La Blanqueada», y sentà un gran orgullo.
Entré a casa sin apuro. Como habÃa previsto, mis tÃas me pegaron un reto serio, tratándome de perdido y condenándome a no comer esa noche.
Las miré como se miran las guascas viejas que ya no se van a usar. TÃa Mercedes, flaca, angulosa, cuya nariz en pico de carancho asomaba brutamente entre los ojos hundidos, fue quien me privó de comida. TÃa Asunción, panzuda, tetona y voraz en todo placer, fue [36]
la que me insultó con más voluntad. Yo las encomendé a quien correspondÃa, y me encerré en mi cuarto a pensar en mi vida futura y en los episodios de esa tarde. Me parecÃa que mi existencia estaba ligada a la de don Segundo y, aunque me decÃa los mil y mil inconvenientes para seguirlo, tenÃa la escondida esperanza de que todo se arreglarÃa.
¿Cómo?
