Don Segundo Sombra

Don Segundo Sombra

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¡Qué susto tenía cuando ensillé el primero! Las piernas se me escapaban de abajo del cuerpo y me atoraba con los detalles, que por suerte eran todos previstos por mi padrino.

El más viejo de los hombres que nos ayudaban, montado en un tostado retacón, enlazaba los potros que nosotros volteábamos de un pial, para embozalarlos y enriendarlos en el suelo. Después los embramábamos en un palo, con dos o tres vueltas de maneador, y les poníamos los cueros. Por mi parte, no perdía los potros de vista, espiando indicios [323]

que pudieran anunciarme algún peligro: ¿sería flojo de cincha, se me bolearía? Entre tanto, mientras ensillaba, tenía que cuidarme de coceadas, manotones, abalanzos y caídas.

Todo está en comenzar bien, porque muy luego el optimismo crece y uno amaña con mayor empeño, siempre que no se quiera sobrar.

-No los busquen -había dicho el patrón-, pero, al que corcovee, ¡leña hasta que afloje!


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