Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra Cuanto le bolié la pierna, sentà que tenÃa el lomo arqueado como el de un barril y me acomodé lo más fuerte que pude. Coligiéndome bien fijo, dije despacio, sin ostentación, pues no estaba el asunto como para compadradas:
-Lárguelo no más.
Maliciaba detrás mÃo la sonrisita del patrón, pero no era cosa de perder la cabeza. En un segundo de tiempo pensé cruzarle de un lonjazo el hocico y desheché tal propósito, pues con ello me pondrÃa a disposición de cualquier antojo del animal. Mejor era estudiarle los vicios. Por suerte mi padrino tomó la iniciativa.
-¡Afirmáte! -me dijo y le envolvió al potro las patas de un arriadorazo.