Don Segundo Sombra

Don Segundo Sombra

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Me reía sólo, evocando mi audacia para ofrecer y tomar posturas, mi fe en que no perdería, mi desfachatez de mocoso engreído al recibir el pago de las apuestas. ¿No había creído entonces que ése era mi destino y que la suerte me pertenecía? Recordé también nuestro almuerzo en la fonda. Había unos gringos groserotes y charlatanes, ¿de qué nación?, y un gallego hablaba de romerías.

Que un recuerdo traiga otro, es natural. [363] Pero que un recuerdo traiga a un hombre, es cosa extraordinaria. Alguien hablaba a mi padrino y, no sé por qué, supuse se trataba de mí. Era un conocido, muy conocido. ¿Cómo no?, si era Pedro Barrales. Sin embargo, no tenía yo la alegría que hubiera sido natural y, cuando, aunque cohibido me acerqué con cordialidad a estrechar la mano del compañero, éste se tocó con incomprensible respeto el ala del chambergo, agraciándome con un «¿cómo le va?» que no entendí.

-¿Qué te pasa hermano? -dije algo encrespado en mi incertidumbre-. Si tenés algo contra de mí decilo, que no es güeno andarse mezquinando la cara como las mujeres.

Pedro lo miró a don Segundo indeciso e interrogante. Mi padrino intervino:


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