Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra El inconveniente por mi previsto, se agrandaba. Mis tres caballos estaban más que cansados; el reservado trasijado después de nuestra lucha; el redomón no me parecía por demás garifo. ¿Qué hacer? Que el capataz me entregara mis pesos, dándome de baja, era una vergüenza. Mi padrino podía prestarme uno de sus caballos o dos, pero quedaría entonces tan desplumado como yo.
En tan malas cavilaciones me encontraba [362] cuando, ya alta la mañana, pasamos por las quintas de Navarro.
Dejé mis tristezas para atender mis recuerdos. ¡Qué curioso!, los mismos lugares que me veían abatido y pobre, habían presenciado mi más gran optimismo y mi mayor riqueza. Por allí mismo pasé, orondo y ladino, sentado medio al sesgo sobre el bayo Comadreja que sabía «cortar chiquito», pulsando la suerte que, en las riñas de gallos, me había llenado el tirador de papeles de a diez.
¡Qué día aquel! ¡Qué gallo el bataraz picoquebrado! ¡Cómo había peleado sin flojeras durante una hora, esperando su momento y cómo había sabido aprovecharlo cuando vino!