Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra -Me han dicho que los animales d'esta cría saben salir flojos de cincha.
-No, Señor; son medioh'idiosos no más, son.
La campana llamó para la comida. Don Segundo seguía chupando la bombilla y ya [52]
había yo cambiado dos veces la cebadura. Fueron cayendo los peones abotagados de calor, pero alegres de haber concluido por un tiempo con el trabajo. Siendo casi todos conocidos del forastero, no se oyó un rato sino saludos y «güenos días».
Poco dura la seriedad en una estancia cuando en ella trabajan numerosos muchachos inquietos y fuertes. Goyo tropezó en los pies de Horacio. Horacio le arrojó por la cabeza un pellón. La gente hizo cancha a aquellos mocetones incómodos, acostumbrados a andar golpeándose por todos los rincones.
-¡A dedo tiznao, maula! -convidó Horacio, y ambos visteadores por turno pasaron sus dedos sobre la panza de la olla.