Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra A lo lejos oí tintinear un cencerro. Alguno andaría agarrando caballo o juntando la tropilla. Los novillos no daban aún señales de su vida tosca, pero yo sentía por el olor la presencia de sus quinientos cuerpos gruesos.
De pronto oí correr unos caballos; un cencerro agitó sus notas con precipitación de gotera. Aquellos sonidos se expandían en el sereno matinal, como ondas en la piel somnolente del agua, al golpe de algún cascote. Perdido en la noche, cantó un gallo, despertando la simpatía de unos teros: solitarias expresiones de vida diurna, que amplificaban la inmensidad del mundo.
En el corral, agarré mi petizo, algo inquieto por el inusitado correr de sus compañeros libres. Al ponerle el bozal sentí su frente mojada de rocío. Sobre el suelo húmedo oí rascar
[74] las espuelas de Goyo que andaba buscando alguna prenda.
-Güen día, hermano -dije despacio.
-Güen día.
-¿Se te ha perdido algo?