Don Segundo Sombra

Don Segundo Sombra

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Otra y otra vez se repitieron los cimbronazos, que parecían quererme despegar los huesos, pero sintiendo las rodillas firmes y alentado por un «¡aura!» de mis compañeros, volví a dar un rebencazo a mi potro. Más y más sacudones se siguieron con apuro. Me parecía que ya iban cien y las piernas se me acalambraban. Una rodilla se me zafó de la grupa; me juzgué perdido. El recado desapareció debajo mío. Desesperadamente, viéndome

[90] suspenso en el vacío, tiré un manotón sin rumbo. El golpe me castigó el hombro y la cadera con una violencia que me hizo perder los sentidos. A duras penas, empero, alcancé a ponerme de pie.

-¿Te has lastimao? -me preguntó Valerio, que no se apartó de al lado mío durante mi mala jineteada.

-Nada, hermano, no me he hecho nada -respondí, olvidando la deferencia que debía a mi capataz.

A unos treinta metros, don Segundo había puesto el lazo al fugitivo y corrí en su dirección.

-¡Ténganmelo!

-¿Pa llorarlo luego al finadito? -rió Goyo.


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