Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra La novillada marchaba bien. Las tropillas que iban delante llamaban siempre con sus cencerros claros. Los balidos de la madrugada habían cesado. El traqueteo de las pesuñas, en cambio, parecía más numeroso y el [92] polvo alzado por millares de patas iba tornándose más denso y blanco.
Animales y gente se movían como captados por una idea fija: caminar, caminar, caminar.
A veces un novillo se atardaba mordisqueando el pasto del callejón, y había que hacerle una atropellada.
Influido por el colectivo balanceo de aquella marcha, me dejé andar al ritmo general y quedé en una semi-inconsciencia que era sopor, a pesar de mis ojos abiertos. Así me parecía posible andar indefinidamente, sin pensamiento, sin esfuerzo, arrullado por el vaivén mecedor del tranco, sintiendo en mis espaldas y mis hombros el apretón del sol como un consejo de perseverancia.
A las diez, el pellejo de la espalda me daba una sensación de efervescencia. El petizo tenía sudado el cogote. La tierra sonaba más fuerte bajo las pesuñas siempre livianas.