Juan Moreira

Juan Moreira

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En la parte delantera se veían sujetos por el tirador dos magníficos trabucos de bronce, regalo electoral, y las dos pistolas de dos cañones que le regalara su compadre Giménez al salir de Matanzas.

Atravesada a su espalda y sujeta al mismo tirador, se veía su daga, su terrible daga, bautizada ya de una manera tan sangrienta y que asomaba la lujosa engastadura, siempre al alcance de la fuerte diestra.

Llevaba su manta de vicuña arrollada al brazo izquierdo, con cuya mano hacía pintar al pingo, que se mostraba orgulloso del jinete que lo montaba.

Moreira estaba completamente sereno; sonreía a los amigos, chistaba al caballo como para calmar su inquietud, y se daba vuelta de cuando en cuando para mirar al Cacique, que a las ancas del overo meneaba la cola alegremente, como preguntando qué significaba todo aquel aparato.

Frente a Moreira, del otro lado de la mesa y un poco más a la izquierda, estaba Leguizamón, metido en las filas de los suyos. La actitud del paisano era sombría y amenazadora; miraba a Moreira como lanzándole un reto de muerte, y se acariciaba de cuando en cuando la barba, con la mano derecha, de cuya muñeca pendía un ancho rebenque de lonja, de cabo de plata.

Moreira permanecía como ajeno a todas aquellas maniobras, evitando que su mirada se encontrase con la de Leguizamón, «que ya se salía de la vaina».


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