Juan Moreira
Juan Moreira Era aquel un espectáculo magnÃfico e imponente. Aquellos dos hombres se acometÃan de una manera frenética, enviándose la muerte en cada golpe de daga, que era parado por ambos con una destreza asombrosa.
Los ponchos, arrollados en el brazo izquierdo, estaban completamente hechos jirones por los golpes parados, pero los combatientes, igualmente diestros, igualmente fuertes, no habÃan logrado hacerse la menor herida.
La prolongación de la lucha empezaba a encolerizar a Leguizamón, que habÃa cometido ya dos o tres chambonadas, y a medida que la cólera empezaba a enceguecerlo, Moreira se mostraba más tranquilo y más previsor en sus acometidas.
Los asistentes habÃan hecho gran campo a los dos antagonistas, sin haber entre ellos uno solo que se atreviera a separarlos, pues con aquella acción sabÃan que se exponÃan a captarse la cólera y tal vez la agresión de ambos.
Leguizamón, más viejo y menos tranquilo en el combate, empezó a fatigarse, mientras Moreira, más hábil, economizaba sus fuerzas, que no habÃan podido debilitar quince minutos de combate recio, que ya comenzaba a ser pesado para Leguizamón.
Aquella lucha no podÃa durar un minuto más; era cuestión de una puñalada parada con descuido, de un traspié, de una casualidad cualquiera.