Juan Moreira

Juan Moreira

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—¡He dicho que se nos está haciendo trampa! —añadió, creciendo en insolencia—, y han traído a aquel hombre para que les ayude —y señaló a Moreira con el cabo del rebenque.

Moreira siguió guardando su aparente tranquilidad, y con una infinita gracia replicó al gaucho:

—No es tiempo, amigo, de lucir la mona; los peludos no tienen cartas en las votaciones y no hay que faltar así al respeto de las gentes.

Tan conmovidos estaban los paisanos que ni siquiera sonrieron ante este epigrama, que hizo poner lívido de furor a quien fue dirigido.

—¡Menos boca y al suelo! —gritó Leguizamón desmontando—. Usted es un maula que ha venido a asustar con la postura y que no ha de ser capaz de nada.

En la cintura de Leguizamón se veía un revólver de grueso calibre y una daga de colosales dimensiones.

Fue esta el arma que sacó el paisano.

Moreira se echó al suelo como quien hace una cosa a disgusto, y sacó también su daga, enrollando con presteza al brazo la manta de vicuña.

Apenas el paisano se había separado una vara del caballo, cuando Leguizamón estaba sobre él, enviándole una lluvia de puñaladas.


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