Juan Moreira
Juan Moreira —No me agradezca nada, señor —contestó Moreira, con una expresión de profunda amargura—; lo que yo he hecho lo hubiera hecho cualquiera. Yo lo quiero a usted, porque necesito querer a alguien, y usted se me figura que es algo mÃo, que es mi hijo o que es mi hermano. Yo soy un hombre maldito que ha nacido para penar y para andar huyendo de los hombres, que han sido mi perdición; y lo he querido a usted, porque siento que al quererlo, puedo respirar con más franqueza, y esto es tan dulce para mÃ, que si usted me mandase entregar a la partida, ahora mismo iba y me presentaba.
Y el paisano, en su lenguaje sencillo, explicaba la sed de cariño que sentÃa en su corazón ardiente.
Todo lo habÃa perdido en el mundo, menos su caballo y su perro, el fiel Cacique, en quienes partiera su afecto; y aquel hombre necesitaba el de un ser humano a quien confiar sus penas y contar sus desventuras.
—¿Y por qué anda usted asà errante, retando a la justicia con sus actos que son malos? ¿Por qué no trabaja usted como antes y deja esa mala vida? Moreira levantó los ojos preñados de lágrimas, acarició al joven con una mirada tranquila y tristÃsima, y con la voz entrecortada por la emoción le habló:
—Con las penas que tengo ya en el corazón habrÃa para llorar un año. Yo era feliz al lado de mi mujer y mi hijo y jamás hice a un hombre ninguna maldad.