Juan Moreira
Juan Moreira Allí, mudo e inmóvil, marchaba a la voluntad del noble animal, que no cambiaba la marcha para no turbar el reposo de su amo, acostumbrado a cuando, en altas horas de la noche, el jinete renunciaba al gobierno de la brida, o iba dormido, o iba a la ventura.
Moreira caminó así, entregado a sus tristes pensamientos, hasta que la luz del alba empezó a confundirse con la luz de la luna.
A la presencia del día, Moreira se descubrió como para que el aire de la mañana refrescara su cabeza, aspiró con fuerza esa brisa fresquísima que viene perfumada con las aromáticas exhalaciones de las flores silvestres, que parece dar nuevas fuerzas al espíritu, y revolvió su caballo en dirección al pueblo, tomando el camino de la pulpería y posada, donde sólo paraba para dar de comer a sus dos amigos, el Cacique y el caballo.
Moreira entró en la pulpería, que era la de López, en un momento fatal; parecía que el destino lo empujara allí donde iba a suceder una desgracia.
Cuando Moreira entraba y pedía un poco de maíz para el caballo, notó que entre los paisanos que hacían la mañana se había promovido una discusión.
Un tal Gondra, gaucho quiebra y de malas entrañas, había dirigido palabras chocantes a un paisano forastero bastante mal entrazado, que había entrado en la pulpería a comprar una botella de caña para el camino.