Juan Moreira
Juan Moreira Marañón insistió en sus proposiciones, allanó al paisano todas las dificultades, pero todo fue inútil: su palabra se estrellaba contra aquel carácter inquebrantable.
—Bueno, patrón —dijo el gaucho levantándose—, ya lo he molestado bastante. Será hasta la vista o hasta que se presente la ocasión.
—Adiós, Moreira —dijo el joven—; piense en lo que le he dicho, y lo acepte o no lo acepte, ya sabe que puede contar conmigo en cualquier aprieto en que se vea.
Moreira sonrió agradecido y estrechó con cierto cariñoso respeto la mano que se le tendÃa; salió al patio, de éste a la calle, y saltando sobre su bayo, se alejó al tranquito.
Marañón se quedó meditando tristemente sobre el destino de los hombres que, nacidos para el bien y para llevar a cabo las más grandes acciones, son empujados por la fatalidad a una pendiente cuyo lÃmite es la muerte trágica que puso fin a aquella existencia desventurada.
Entretanto, Moreira, abismado en el recuerdo del pasado, habÃa doblado sobre el pecho la cabeza, postrada por la tempestad que la cruzaba.