Juan Moreira
Juan Moreira Moreira ató al palenque su overo bayo, con ese nudo especial que desata rápidamente el paisano, y entró a la pulperÃa seducido por aquel bullicio.
—Dios guarde a la buena gente —dijo el paisano saludando a la alegre concurrencia, y colgando su rebenque en la empuñadura de su daga, se dirigió al pulpero, pidiéndole un poco de pasto seco para el caballo y un buen churrasco para el Cacique, que no habÃa probado bocado en todo aquel dÃa.
Un viva descomunal y prolongado saludó la presencia del paisano, manifestación clara de la profunda simpatÃa que inspiraba en aquella gente, y diez o doce hombres se levantaron estirándole la mano unos y brindándole otros con una copa de bebida, llegando algunos de ellos, algo divertidos, a demostrarle su alegrÃa con sendos puñetazos en los hombros y ademanes de canchada.
Moreira agradeció Ãntimamente aquellas manifestaciones de cariño y simpatÃa, estrechó la mano a todos, pero rechazó las copas, diciendo alegremente, mientras recibÃa de manos del pulpero el pedido que hiciera a la entrada:
—Voy primero a dar de comer a mi gente y en seguida vuelvo.
Fue hasta el palenque, aflojó la cincha al overo y le puso en el suelo una brazada de pasto seco, mientras el Cacique, desde el recado, reclamaba su parte con alegres meneadas de cola y cariñosos ladridos.