Juan Moreira
Juan Moreira —Me parece —dijo un paisano al oÃdo de otro— que si Córdoba se mete a guapo, se va a sacar la grande, porque a este hombre no hay quien le gane a pelear.
—¿Quién lo mete a vivo? —contestó el otro—. El hombre no se mete con nadie, ¿y para qué buscarle la boca? Si algo le sucede, él lo habrá querido, porque con callarse está del otro lado.
Córdoba tenÃa la pretensión de ser el mejor cuchillo del pago y la creciente reputación de Moreira y sus últimas luchas mortificaban hondamente su vanidad, haciéndole nacer el deseo de vengarse de aquel hombre, que no le hacÃa más mal que ser el dueño de un corazón de bronce y poseer un valor inagotable.
Y ésta es una clase de celos que no tolera un paisano, porque cree que la reputación ajena viene a menguar la propia, quebrándola como una tabla.
El bullicio interrumpido con la salida de Moreira volvió a renacer más sonoro, las copas se vaciaron y se volvieron a llenar a pedido del recién venido.
—¿Y usted no bebe, paisano? —preguntó Moreira a Córdoba, señalando una copa sin dueño que estaba sobre el mostrador a medio vaciar.
—Yo no bebo sino lo que yo me pago —replicó sombrÃamente Córdoba—; y gracias a Dios aún tengo con qué pagarme la mÃa y el gasto que se haga.