Juan Moreira
Juan Moreira —Está de Dios o del diablo —dijo Moreira, frunciendo el entrecejo— que la maldición me ha de seguir a todas partes. —Y levantó al techo sus magnÃficos ojos, desesperadamente.
Córdoba no se movió de la pipa, esperando que fuese recogida su provocación, pero Moreira prescindió de ella y se puso a responder a las preguntas que le dirigÃan los paisanos.
La algazara, ligeramente interrumpida por aquel cambio de palabras, volvió a reanudarse, y el sonido de la guitarra hizo olvidar por completo aquel incidente desagradable.
Moreira se habÃa sentado en un banquito y escuchaba atentamente la relación que le hacÃan de los caballos que habÃan corrido en ese dÃa y que habÃan ganado.
Las copas se repetÃan, y la alegrÃa habÃa llegado al último grado.
Sólo Córdoba no tomaba parte en ella, permaneciendo taciturno sobre la pipa.
Uno de los paisanos tomó la guitarra, adornada por una gran cantidad de cintas de diversos colores, y la brindó a Moreira, pidiéndole cantara unas décimas.
—No canto, amigos —respondió Moreira—, para cantar es preciso estar libre de desgracias y no tener cosas tristes en que pensar; yo no canto, porque mi destino es llorar.