Juan Moreira
Juan Moreira Tomó la copa, que bebió tranquilamente, y sacando su rebenque del cabo de la daga, donde lo habÃa enganchado, dijo que ya se retiraba, porque querÃa amanecer en Cañuelas.
—El miedo es prudente —murmuró Córdoba, guiñando el ojo al pulpero—; por eso es que los malos suelen a veces parecer mansos como corderos.
Moreira palideció intensamente y se volvió a la pulperÃa que ya abandonaba, midió a Córdoba con su mirada intensa y le dijo con ademán reconcentrado:
—Si me he propuesto salir de aquà sin derramar sangre, no he jurado dejarme hacer banco por ningún roñoso. No hay, pues, por qué tantear a la suerte.
Córdoba sonrió socarronamente, y levantando del mostrador la copa, que llevó a la altura de los labios con ademán despreciativo, replicó acentuando las palabras que pronunciaba:
—Yo no soy Leguizamón, compadre, ni hombre a quien han de correr con la vaina o asustar con la parada, y ya sabe quién es Juan Córdoba.
—Vaya a la maula, so zonzo de porra —dijo Moreira, prorrumpiendo en una estruendosa carcajada—, que usted no vale la pena ni de que le dé un talerazo.
Córdoba no se inmutó; o no conocÃa a Moreira o tenÃa demasiada fe en su coraje y en su vista, que asà provocaba al terrible gaucho.