Juan Moreira
Juan Moreira —Dejemos los casos tristes para mañana —gritó uno de los paisanos, cuyos ojos empezaban a entornarse por la gran cantidad de licor que se habÃa echado al coleto—. Ahora vamos a cepillar un malambo que va a rasquear el maestro y mañana hablaremos de dijuntos. ¡Otra vuelta, pulpero! —gritó dirigiéndose a éste y sacando del tirador un rollo de dinero—. ¡Otra vuelta, compadre, que yo pago y que ha de ser de caña con limonada, para beberla a la salud de este mozo, que es más criollo que el mismo diablo! El pulpero obedeció la orden y llenó todas las copas del brebaje pedido, incluyendo la de Córdoba, que estaba vacÃa sobre el mostrador.
Cuando Córdoba vio que llenaban su copa, descendió de su pipa y, acercándose al mostrador, dijo enfurecido al que habÃa pedido la vuelta:
—¡Ya he dicho que no bebo sino lo que pago, canejo! Y en cuanto a beber a la salud de nadie, no hay que ocultarlo, porque sólo bebo a la salud de quien se me antoja.
Moreira miró severamente a aquel hombre que estaba empeñado en buscarle camorra, pero no dijo una sola palabra.
Se habÃa propuesto no hacerle el gusto a la suerte, como él decÃa, y salir de aquella casa sin haber desnudado su facón y sin haber hecho caso a las groseras insolencias de Córdoba, que parecÃa querer pelear a todo trance.