Juan Moreira
Juan Moreira No se sabÃa qué era más admirable, si la fuerza muscular de Moreira o el temple de aquella arma soberana.
Tan rápida fue la escena, tan violenta la acometida de Moreira, que cuando los paisanos pudieron darse cuenta de lo que pasaba, el cuerpo de Córdoba habÃa sido rechazado por Moreira al desclavar la daga, yendo a caer contra la pipa donde habÃa estado sentado y desde donde habÃa provocado el lance.
Al caer Córdoba, Moreira se le fue encima con la daga levantada y en actitud de volver a herir, pero al llegar a su adversario caÃdo, sus instintos caballerescos tuvieron más poder que la ira que lo dominaba, pero ya tarde, porque aquel desgraciado habÃa dejado de existir, sin poder pronunciar una sola palabra.
Moreira contempló aquel cadáver, se golpeó la cabeza en ademán desesperado y, blandiendo su daga empapada de sangre, prorrumpió en una terrible maldición.
—¡Maldita sea mi suerte! —continuó, dirigiéndose a la puerta y llevando aún la daga en la mano—. ¡Qué no puedo pisar un sitio sin tener que matar a un hombre!
—No se aflija, paisano —dijo el que habÃa pagado aquella fatal última vuelta—. Usted ha sido provocado y, si no lo mata, lo mata él. ¿Para qué se metió?