Juan Moreira
Juan Moreira —Yo estoy maldito por Dios y por los hombres —continuó Moreira—, y donde quiera que voy llevo la muerte conmigo.
Se dirigió a su caballo, que enfrenó y saltó sobre él, alejándose al galope largo, sin que los paisanos, mudos de asombro aún, se hubieran dicho una palabra.
Sólo a las dos cuadras, y cuando la agitación se calmó a impulsos de la fresca brisa, Moreira echó de ver que aún llevaba la daga en la mano, y que el Cacique galopaba al lado de su caballo, reclamando su puesto sobre la montura.
El paisano se detuvo, guardó la daga en la cintura, subió al Cacique a las ancas, y siguió marchando al tranco en dirección a Cañuelas.
Tan desesperado iba, que olvidado de todo y para acabar de una vez con su penosa existencia, se habrÃa entregado a la primera partida de plaza que le hubiera salido.
La muerte de Córdoba le habÃa causado una impresión profunda, porque la habÃa hecho en un acto primo, obedeciendo a un movimiento instantáneo.
Lo más ajeno que tenÃa era matar a aquel hombre, a quien habÃa pensado aplicar solamente unos golpes de rebenque.