Juan Moreira
Juan Moreira Churrasqueó con buen apetito, tocó la guitarra y hasta se permitió entonar un marote, con gran sorpresa de Marta, que juraba que aquel hombre era el paisano más alegre y entretenido que había conocido en toda su vida.
Llegó la noche y siguió la alegría.
Moreira dio de comer a los animales. Marta sacó la limeta de reserva, y se mató el rato jugando al punto de la vasca.
A eso de las diez de la noche, Marta, que estaba mal dormida, empezó a cabecear, y Moreira, prudentemente, declaró que también tenía sueño y quería dormir hasta la vuelta de Santiago.
En vano Marta preparó la cama de la noche anterior; en vano rogaron a Moreira que se acostara adentro, el paisano agradeció las finezas, salió afuera, enfrenó el pingo, tendió a su lado la manta de vicuña y se echó en ella como de costumbre, de barriga y con los brazos que le servían de almohada sobre las armas.
Hacía ya veinticuatro horas que estaba en Cañuelas y el gaucho sagaz no se fiaba de la justicia, que tal vez a esas horas sabría dónde se hallaba e intentase una campaña.
El Cacique vino a tomar su colocación al lado de la cabeza de Moreira y diez minutos después dormía con la misma tranquilidad que si estuviese en una fortaleza.