Juan Moreira
Juan Moreira —Voy a buscar a esos maulas —dijo Moreira—; porque si han venido soldados de Navarro han de volverse diciendo que no han dado conmigo. No quiero, además, comprometer esta casa, que puede servirme de guarida alguna vez que ande mal y tenga que estar oculto. Y como dicen que al que me reciba en su casa lo mandan a la frontera, ¿para qué he de hacer mal? Moreira se dirigió a su caballo y revisó todas las prendas del apero con esa inteligente atención del que conoce que en un lance apurado no hay otra salvación que la que puede proporcionarle el caballo, y cargó y examinó sus armas con extrema prolijidad, haciendo jugar los muelles de los trabucos y blandiendo la daga para asegurarse que estaba firme en el puño.
En seguida saltó sobre su caballo, subió al Cacique a las ancas y se alejó al trotecito, tomando la dirección de la plaza a donde estaba la gente.
¡Y era en verdad magnÃfico el continente de aquel hombre! Su rostro estaba iluminado por una suprema expresión de bravura.
Clavado sobre el apero, con las alas del sombrero levantadas sobre la frente y caÃdo hacia la espalda, con un verdadero parque en el tirador, aquel hombre tomaba proporciones gigantescas.
Todo en él inspiraba un fortÃsimo interés.