Juan Moreira
Juan Moreira Moreira soltó una poderosa carcajada, se puso la rienda entre los dientes y apareció armado de sus dos trabucos de bronce, que habÃa sacado de la cintura con increÃble rapidez.
—¡A él, cobardes! —gritó desesperadamente el capitán, sin poder encontrar con su sable a Moreira, por la inquietud que éste con las espuelas imponÃa al overo bayo.
Los soldados cayeron sable en mano, teniendo que distraer mucho su atención en los caballos clásicos calificados de patrias que no caminaban, sino cediendo al rebenque.
Entonces se sintió un estampido poderoso, el doble estampido de los terribles trabucos que Moreira habÃa disparado a un tiempo, al verse cargar por los soldados.
Cuando se hubo disipado la espesa nube de humo producido por aquellos dos disparos, se pudo ver el espantoso estrago que éstos habÃan causado.
Dos soldados se revolcaban en el suelo, presa de horribles convulsiones, tres disparaban completamente acobardados, mientras los restantes pugnaban por contener los asustados caballos.
El capitán estaba consternado: aquello era vergonzoso e increÃble; a otro ataque de Moreira iba a quedar completamente solo y era preciso ganarle el tiempo.