Juan Moreira

Juan Moreira

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Pero Andrea, a quien la presencia de un justicia causaba más pavor que todas las muertes juntas, despidió acremente al nuevo teniente alcalde que fue a ofrecerle su protección y su cariño.

Andrea iba a visitar la tumba de su padre, donde pasaba largas horas llorando, y preguntaba en vano por la de su Juan, a quien, por las voces del juzgado, todos creían muerto; pero le respondían, complaciéndose en su dolor, que su tumba había sido el estómago de los zorros y las vizcachas.

«Así la pobre Andrea moría, viviendo en este horrible martirio, mendigando de la caridad pública un mendrugo de pan y un trapo negro con que honrar la doble muerte de su buen padre y del altivo Moreira».

Al escuchar esta parte del relato, Moreira lanzó un quejido y blandiendo la daga dejó oír una maldición espantosa.

—Para cumplir mi venganza —dijo—, no basta a mi daga toda la carne que cubre la osamenta de esos puercos a quienes he de matar uno a uno.

Julián dejó pasar aquel justo estallido de la ira, y prosiguió la narración después de una breve pausa.

—Así, aquella infeliz vagaba por los campos con aquellas dos horrorosas cargas, su miseria y su hijo, pidiendo trabajo.


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