Juan Moreira
Juan Moreira «¿Pero quién era el gaucho que desafiara la cólera de la justicia dando trabajo a la viuda y al hijo del que la ley había declarado bandido?» Sólo Dios podía librarla del abismo a que la precipitaban los hombres.
El teniente alcalde volvió a la carga arrastrándole de nuevo el ala y notificándole que la justicia iba a vender el rancho, siempre por cuenta del proceso.
Vicenta Andrea tenía dos muertes para elegir: o de hambre o endurecida por la helada, pues ya no tendría techo que la cobijara.
La mujer desventurada miró a su hijo, pensó en el destino que le estaba reservado y una inmensa agonía pasó por sus ojos pardos expresivos y lánguidos.
Había un medio de salvar a su hijo y salvarse ella; pero este medio era aceptar la ignominia que le ofrecía aquel hombre, ignominia más afrentosa que la muerte.
Andrea gimió, miró a su hijo flaco y macilento, transparente por el hambre y la miseria, y vaciló sintiéndose desmayar.
La idea de que aquella criatura pudiese morir de hambre la desesperaba de una manera dolorosa, pues comprendía que era preciso salvar a aquel inocente, aun a costa de su cuerpo enflaquecido de una manera horrible.