Juan Moreira

Juan Moreira

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Nadie turbó con la menor palabra aquel estado conmovedor que había llegado hasta arrancar lágrimas de aquellos ojos, reflejo de un espíritu noble, que había respondido siempre a las acciones generosas y humanitaristas, hasta que el sable de la ley, en manos de un teniente alcalde, se levantó sobre su cabeza.

La noche venía tendiendo su oscuro manto y los alrededores de aquel rancho empezaban a aquietarse, sin que se sintiera el más leve ruido.

Julián, fatigado y rendido por el largo viaje, empezó a inclinar la cabeza, al calor del fuego, y a dormitar con esa pereza que llamaremos del país.

Probablemente se hubiera quedado dormido, con el cansancio de la fatiga, si Moreira no se parara de pronto, hablando en alta voz:

—Me voy, amigo —dijo de una manera resuelta—; me voy y no me despido de firme, porque el corazón me dice que nos hemos de volver a ver.

—Cuidado, amigo Juan —dijo Julián cariñosamente—; me han dicho que por los pagos andan fuerzas del Provincial, y no sería extraño que el juez don Nicolás González, que es hombre duro, haya mandado algún aviso para que vengan a ayudar a prenderlo.


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