Juan Moreira
Juan Moreira —¡Ahora ni que me copen la banca! —dijo Moreira—. Me voy lejos, muy lejos, amigo Julián, para que se olviden de mà y pegar la vuelta cuando menos lo piensen, para asegurar mi venganza. Si me salen al camino disparo, y buenas piernas ha de tener el galgo que me alcance. Yo no sé lo que es miedo, amigo Julián; pero siento que el corazón me tiembla, al pensar que una partida puede salirme al camino y obligarme a pelear. Yo no quiero pelear, le repito, porque puedo morir, y morir en este caso es para mà la pérdida de mi venganza.
Recogió su manta, se cercioró de que todas las armas iban en la cintura, y se acercó al overo bayo, pidiendo para él un poco de alfalfa que le trajo Santiago y que Moreira echó a su caballo con el mismo cariñoso cuidado con que hubiera dado de comer a un amigo querido.
Moreira estuvo de pie hasta que el caballo concluyó con la última varita de alfalfa; le oprimió cuidadosamente la cincha, revisó con suma prolijidad las prendas del apero, le puso el freno y montó con todo reposo y tranquilidad, después de subir al Cacique a las ancas.
—Compañeros, hasta la vista —dijo—, y tendió una mano hacia el amigo Julián, que lo miraba sin hacer un movimiento.