Juan Moreira
Juan Moreira —Cállese, por Dios, amigo —dijo el paisano que hablaba antes—; mire que ése es un hombre de mucha historia; según dijeron en la pulperÃa de don Cruz, ha tenido a mal traer a todas las partidas de estos pagos, y de puro desesperado ganó tierra adentro.
—¿Y por qué me he de callar? —dijo el Pato picaso, sintiendo herido su amor propio—, yo no le tengo miedo a nadie, a Dios gracias, y no tengo por qué callarme.
—Es que dicen que es un hombre muy soberbio y de una vista que da calor, y yo le he dicho que se calle para no provocar un conflicto al ñudo.
—Pues si hay conflicto —replicó el tenaz gaucho—, con rezarle al difunto ya estamos del otro lado, y basta de ponderar a nadie.
Moreira habÃa escuchado desde el patio este diálogo, pero no se habÃa inmutado; seguÃa tendido sobre su manta, con la mayor tranquilidad.
El Pato picaso estaba mortificado con lo que se habÃa dicho del desconocido y seguÃa bebiendo copa tras copa, dando soltura a la lengua.
—Se me hace —dijo— que el tal forastero ha de ser un maula que se ha de achicar en cuanto sienta el resuello de un hombre.
—Cállese, amigo, y no sea imprudente —recomendó el primer paisano—. Ese hombre no se mete con nadie y no hay por qué buscarle camorra.