Juan Moreira

Juan Moreira

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Moreira se había detenido colérico al oír el primer gruñido de los perros, había sacado su trabuco con ánimo de hacer volar la puerta y los perros, pero dos consideraciones le habían detenido: el temor de que el estampido del arma fuese a atraer gente, desbaratando su venganza, y el miedo de que alguno de los proyectiles fuese a herir a su hijo que sin duda dormía en aquel cuarto que su venganza iba a convertir en un teatro de muerte.

Y al guardar su trabuco en la cintura, se pudo ver temblar la mano de aquel hombre imponderable, cuyo valor sereno le hacía afrontar sin la menor muestra de vacilación los peligros más inminentes, donde tenía una probabilidad de salir ileso contra quince o veinte de quedar en el sitio.

Moreira guardó así su trabuco en la cintura y vaciló turbado sobre la resolución, que debía ser rápida, pues los perros habían dado la voz de alarma.

Aquellos animales, olfateando las rendijas de la puerta, se habían puesto a ladrar de una manera desesperada y Moreira se decidió por fin a dar el golpe.

Enrolló la manta al brazo izquierdo, sacó la daga, que blandió con un ademán feroz, y se echó un poco hacia atrás, tomando distancia.

Un segundo después la puerta saltaba de su encaje débil a impulsos de un vigoroso puntapié, aplicado con una fuerza verdaderamente hercúlea.


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