Juan Moreira
Juan Moreira Llegó al rancho y echó pie a tierra al lado del palenque, tratando de hacer el menor ruido que le fuese posible, secó con la manta de vicuña el sudor que corría abundantemente por su frente y se acercó a la puerta del rancho, donde puso el oído tratando de escuchar lo que adentro pasaba.
Por leves que fueran los movimientos que hizo Moreira, los mastines lo sintieron y dejaron oír un gruñido amenazador que despertó al compadre.
Aquel hombre saltó prontamente de la cama y se puso a vestirse a gran prisa, adivinando en el miedo invencible que le dominaba, la causa que había motivado el gruñido de los perros, que dormían del lado de adentro del aposento, y que se habían puesto de pie, abalanzándose a la puerta.
Andrea despertó también sobresaltada por el gruñido de los perros, pero su amante le puso suavemente la mano sobre la boca, recomendándole silencio, y se dirigió a la ventana en actitud de saltar al otro lado, en cuanto, como lo temía, se abriese la puerta, deshecha de un puntapié o trabucazo.