Juan Moreira
Juan Moreira Moreira la contempló un segundo y volvió sus ojos enrojecidos por el llanto hacia la cama donde el pequeño Juancito lloraba silenciosamente, dominado por el terror que le causaron los gritos de los perros, la maldición de Moreira y el alarido que lanzó Vicenta al reconocer la voz de su marido.
Aquel hombre se lanzó a la cama, tomó al hijo en sus brazos y aplicó a su pequeña boca sus labios abrasadores, como si quisiera absorberle toda la sangre.
En seguida se lo arrancó de los labios, lo contempló a la pálida luz de la vela con una ternura casi maternal y volvió a cubrirlo de besos como si quisiera pagarse, con aquel placer supremo, todas las desventuras de que había sido víctima mientras vagaba en los campos ocultándose de las miradas de los demás.
El pequeño Juancito había reconocido a su padre, le había tomado las manos con las suyas y devolvía una por una cada caricia, cada beso, preguntándole en su media lengua encantadora por qué no había venido en tanto tiempo para hacerlo pasear en su petisito.
Vicenta contemplaba aquella escena sin darse cuenta de ella; allí seguía muda, con la pupila dilatada y la boca entreabierta, por donde partía la respiración fatigosa.