Juan Moreira

Juan Moreira

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Cuando el primer instante de arrobamiento hubo pasado, Moreira colocó al pequeño Juan sobre la cama, y fijó la intensa mirada en Vicenta sin un átomo de rencor, sin que la idea de herir cruzara su mente.

Sentía lástima, verdadera conmiseración por aquel ser desventurado que no tenía la menor culpa de todo el drama que pasara por su espíritu, ni de todo el mal que le habían hecho los hombres, recibiendo los peores golpes de sus mejores amigos.

—Vicenta —dijo solamente el gaucho—, ven, acércate, que yo no he venido a hacerte mal, porque yo te perdono todo el que me has hecho a mí.

Al oír aquella voz, la fisonomía de Vicenta fue tomando expresión, sus ojos brillaron de un modo particular, fijándose en Moreira primero y en su hijo después.

Su corazón empezó a regularizar sus latidos, sus ojos se humedecieron, y todo aquel mundo de dolor que le había privado de sentido durante diez minutos, se tradujo en un llanto copioso, como la válvula de escape a su tremenda desesperación.

—¡Cómo!, ¿sos vos?; ¿conque no has muerto?; ¿conque me han engañado? —dijo, y se cubrió la cara con las manos, para ocultar su rubor.


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