Juan Moreira
Juan Moreira Moreira sintió que la vergüenza quemaba sus mejillas, su situación desesperante volvió a ocupar su pensamiento y se lanzó al perro, de cuyo costado arrancó la daga que había dejado allí para contemplar a su mujer cuando le habló por vez primera.
—Mátame ligero, mátame, mi Juan —dijo, creyendo que Moreira, al armar su brazo, lo hacía para quitarle la vida en desquite de su acción.
—No lo permita mi Dios —repuso el paisano guardando el arma en su cintura—; vos no tenés la culpa y nuestro hijo te necesita, porque yo no lo puedo llevar conmigo. ¿Quién cuidaría de él si yo manchase mi mano matándote? Adiós —concluyó—, ya no nos volveremos a ver más, porque ahora sí que voy a hacerme matar de veras, puesto que la tierra no guarda para mí más que amargas penas.
Adiós y cuida de Juancito.
Moreira se acercó nuevamente a la cama, selló la frente de su hijo con un beso sonoro y prolongado, y llevando la mano a la cara, trató de alejarse.
—¡No te vayas, mátame antes! —dijo Vicenta, prendiéndose a su chiripá—; mátame como a un perro, porque yo te he ofendido en tu honra.
—Jamás —dijo el paisano—. ¿Quién cuidará a ése? —añadió, señalando al chiquilín, que tendía los brazos—. Basta, que me voy, adiós.