Juan Moreira
Juan Moreira —No quiero —contestó Vicenta, prendiéndose más fuertemente del chiripá del paisano—. ¡Llámalo, Juancito, no lo dejes ir! Moreira comprendió que si aquella escena se prolongaba iba a ser vencido, y con un esfuerzo poderoso se deshizo de Vicenta, tiró a su hijo un beso con la punta de los dedos y salió del rancho con increÃble rapidez.
Un instante después montaba sobre su infatigable caballo y se perdÃa de vista a todo galope, no siendo bastante a detenerlo los lamentos de su mujer y el llanto de su hijo, que llevaba a su oÃdo el fresco viento de la noche. Moreira corrÃa como un loco, llevando en su corazón un infierno y un volcán en su cabeza, y apuraba la marcha de su caballo, que corrÃa en dirección al juzgado de paz.
Allà detuvo el vértigo de su carrera, subió con el corcel a la vereda y llamó frenéticamente a la puerta, que golpeó enfurecido con el cabo del rebenque.
—¿Quién canejo golpea como si esto fuera fonda de vascos? —preguntó de adentro el soldado de guardia, a quien los golpes habÃan sacado del más delicioso sueño.
—Juan Moreira, que quiere morir en buena ley —respondió el paisano—; que salga la partida de una vez y aproveche la bolada.