Juan Moreira
Juan Moreira Sin retirar el trabuco que brillaba en su diestra, metió las manos por la ventanilla de la galera y empezó a acariciar a su hijito de todos modos.
Al espanto, entre los pasajeros, habÃa sucedido un asombro mezclado a una especie de respeto engendrado por la actitud de profundo cariño asumida por el gaucho, cariño que asomaba dulcÃsimo a su pupila, dando a aquella fisonomÃa varonil y hermosa una expresión de dulzura arrobadora.
Era aquél un cuadro magnÃfico, de aquellos que no se pueden trasladar al lienzo, porque no está al alcance del hombre el poder imitar aquella chispa divina que asoma a la mirada en ciertas situaciones del espÃritu, chispa inimitable que se puede llamar belleza de la expresión.
Y allà estaba Moreira absorto en la contemplación de su hijo, que devolvÃa una a una sus caricias, rogándole lo llevara consigo en ancas de su caballo.
De pronto soltó a su hijo al lado de Vicenta, buscó en su cintura el otro trabuco y se volvió amenazador hacia el camino.
De sus ojos habÃa desaparecido aquella tierna expresión de cariño, apareciendo en ellos aquel fulgor siniestro que los dominaba en lo más recio del combate, cuando éste era duro y apurado.