Juan Moreira

Juan Moreira

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Blanco supo que aquel teniente alcalde era tenido por muy bueno y que hacía los bajos a una de las paisanas que habían concurrido a aquel alegre velorio.

Desde el principio eligió por su compañera a aquella paisana, notándose que al hablarla trataba de echársele encima, mirando de soslayo al teniente alcalde.

Este empezó a calentarse de la cosa, a lo que contribuía en gran manera el placer con que la paisana escuchaba los requiebros del lujoso y galante forastero.

En un momento que Blanco sentó a la compañera, el teniente alcalde se aproximó a ella invitándola a bailar una polca que tocaban los acordeones.

La muchacha se iba a levantar, pero al hacerlo echó una mirada para el lado donde estaba Juan Blanco, quien le hizo una seña negativa a la que ella obedeció quedando sentada.

La rabia que había estado juntando aquel hombre toda la noche estalló por fin en una blasfemia poderosa, y dirigiéndose a Juan Blanco, le dijo amenazándolo:

—Parece, amigo, que usted ignora que esa prenda tiene dueño y un dueño no la cede, lo que le advierto para su gobierno.

—Ni que fuera usted justicia, compadre —replicó Juan Blanco, sonriendo desdeñosamente—. Cualquiera que lo oyera, pensaría que usted por lo menos debe ser teniente alcalde.


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