Juan Moreira
Juan Moreira En todos los pueblos de campaña, con o sin razón, los representantes de la justicia, ¡triste justicia!, son generalmente odiados, asà es que la sátira de Juan Blanco hizo sonreÃr a todos los concurrentes, que lo acompañaron con su más franca simpatÃa.
Ninguno de ellos se hubiera atrevido a contradecir al teniente alcalde, pero lo veÃan enredado en una mala cuestión con aquel hombre y deseaban ardientemente que llevara la peor parte si la cosa se ponÃa seria.
—Pues sépase, so guaso —habÃa respondido todo colérico el justicia—, que soy el teniente alcalde de este cuartel y que no tengo que tolerar las compadradas de usted ni de nadie.
—Lo que es de los demás, no digo nada —contestó el gaucho tomando asiento—, pero las mÃas las ha de aguantar, porque son buenas para avivar tontos.
—Usted se va a retirar de aquà en el acto —dijo ya completamente sulfurado el teniente alcalde, avanzando hacia Blanco—, o lo meto al cepo del cogote.
El incidente habÃa tomado entonces un aspecto formidable. El teniente alcalde era guapo y caprichoso. En el baile habÃa mucha gente y, para conservar las Ãnfulas de justicia y hombre bravo, estaba dispuesto a cumplir su amenaza si aquel hombre no se retiraba sobre tablas.