Juan Moreira
Juan Moreira Sin embargo, aquella aventura del alcalde le habÃa conquistado a Blanco la admiración de los paisanos, que sostenÃan a Romero que aquel hombre era más bravo que un toro.
La noche siguiente al famoso velorio, los paisanos habÃan caÃdo al billar y casa de negocio donde armaban sus partidas y donde desde temprano estaba Rico Romero.
La conversación recayó sobre Blanco, y se entabló la eterna discusión en que Romero sostenÃa que aquel Blanco debÃa ser más morado que una sandÃa.
—Es mucho hombre —dijo uno de los gauchos—; es mucho hombre y tiene la vista que parece relámpago y un manejo en la daga que asusta, créamelo.
—Pues con la vista y todo y con manejo y todo —contestó Romero—, la primera vez que ese hombre se meta conmigo no le van a valer ni una cosa ni otra, porque lo he de matar.
Aún no se habÃa extinguido el eco de estas palabras, cuando apareció en la sala de billar Juan Blanco, altivo y sonriente.
Era imposible que al entrar no hubiese oÃdo lo que acababa de pronunciarse, pero se hizo el desentendido y saludó a la concurrencia con un cordial «Buenas noches, compañeros».